domingo, 28 de septiembre de 2008

jueves, 25 de septiembre de 2008

Exposición 2005-Conferencia




Conferencia de Antonio García Olivares.






El enamoramiento y sus espejismos.

Muchos tangos describen el estado de enamoramiento. Soneto a un sueño nuevo, de Ardizzone y Surt, lo define como una “mentira” y un “hechizo” que “valdrá la pena vivir”, algo en lo que están de acuerdo otros tangos. Muestra también algunos otros rasgos de este estado: “déjame que te idealice aún equivocado… como un sortilegio irreal, casi enfermizo”. Manual del enamorado, de Ferrer y Garello, continúa esta descripción: “Para vivir enamorado, hay que fugarse al ser amado”, metáfora que parece sugerir el escapar de la prisión del propio yo, para entrar en el amado. Compara al enamorado con “un internado que gime tras haber gozado y aún disfruta el sufrimiento”. Porque el amor es una “hermosa pesadilla” que “si es grande crece con la herida”. Y achaca al enamorado el “mentir como un bandido”, no sabemos si a sí mismo, y “absolver como un prelado” al otro, a quién se ve “fanáticamente” como “perfecto”.

Pasional, de Caldera y Soto, abunda en éstos síntomas utilizando metáforas ya analizadas, como la de los labios como arma o los besos como droga y encantamiento que conducen a un estado de enloquecimiento: “Tus labios que queman, tus besos que embriagan y que torturan mi razón”, “no podrás entender lo que es amar y enloquecer”, “caricias que me atan, a tus encantos de mujer… estás clavada en mí, como una daga en la carne… quiero en tus brazos morir”, “nunca sabrás … lo que es amar y enloquecer”.

Otros tangos muestran la tendencia del enamoramiento a identificarse con el todo. Cuando el amor es exitoso, el mundo parece feliz, mientras que cuando el amor es fracasado: “son muy largos los caminos, trayendo una sed que quema, qué triste el arroyo seco, tan parecido a tu pena” (Morocha triste, de Sanguinetti y Maciel).

Sin embargo, otros tangos recogen el paso del amor-enamoramiento al más realista amor-amistad que surge con la convivencia: “Estaba ciego en mi delirio… y ahora que cayó la venda de mis ojos … ví que eras una vulgar muñeca de cartón… la luz de la experiencia me alumbra el corazón” (Ciego, de Luis Rubinstein). O: “yo fui al civil solito, y por amor. Y ella me lo decía: ‘Mira querido, que tengo mi carácter, que soy así…’. No importa… ¿Por qué no me hice humo cuando la ví?” (Cipriano, de Marfil y Vidal).

El vals Cielito lindo acepta esta evolución como una ley natural: “Todas las ilusiones… que el amor fragua, son como las espumas… que forma el agua… Suben y crecen, y con el mismo cielito lindo, desaparecen”.

Causas y motivos del amor.

Si prestamos atención a los elementos que causan, provocan o “despiertan” el amor, observaremos que algunos tangos enfatizan los elementos “fetichistas” que están en el inicio mismo de muchos amores: sus ojos, su sonrisa, su pelo, sus labios, sus pies, como en Mi canción, de María Greves: “Vi en tus ojos, un mundo de ilusiones desconocido”. A veces, el elemento de fijación fetichista no es un rasgo físico, pues la mujer es descrita como poco atractiva, sino “un cutis de muñeca” o una actitud: “Mi nariz es puntiaguda, la figura no me ayuda y mi boca es un buzón”, pero: “pierden la cabeza… que yo tengo, unos ojos soñadores … tengo un cutis de muñeca … modesta siempre fui” (Se dice de mí, de Canaro y Pelay).

La milonga Azúcar, Pimienta y Sal, de Varela, Rossi y Aznar, al igual que otros tangos, achaca el amor a que la partenaire tenga gustos y formas de ser que el amante valora, aunque no coincidan necesariamente con los propios: es “rebelde y angelical”, le gusta, como al amante, “el café y el cigarrillo … y sin plata caminar”, etc. En otros casos, se valora que la persona amada sea un cómplice en el juego de la vida, que de alguna manera potencie las capacidades de uno, lo cual es coherente con la metáfora del amor como lucha contra la vida. En otros casos (Te quiero por buena, de Russo, Ruiz y Rufino), se valora la “bondad”, y en otros, la “sinceridad” y la “sencillez”.

Algunos tangos describen el hombre ideal para algunas mujeres como dominante y sensual, como en Mi pueblo blanco, de Serrat: “fuerte pa’ ser su señor, y tierno para el amor”.

Otros muchos tangos asocian la atracción amorosa, no a causas externas, sino a una pulsión interior, de origen desconocido: “Te quiero, porque te quiero”. O, como en Ese insondable modo de querernos, de Peyrano y Boedo, donde parece asociar el amor a algo supraindividual como podría ser la especie humana, más que a los individuos: “Es insondable el modo de querernos, que se escapa a la razón de quien nos mira, es profundo y tiene algo de eterno, como si hubiera recorrido muchas vidas”.

Otros parecen sugerir que la imagen del objeto amado está previamente en lo inconsciente: “Sos … la imagen de mi alma” (Adelina, de Ezeiza y Gardel), o: “Sin saber que existías te deseaba, antes de conocerte te adiviné … el día que cruzaste por mi camino, tuve el presentimiento de algo fatal, esos ojos, me dije, son mi destino” (Presentimiento, de Emilio Pacheco). Otros afirman que el objeto amado es dibujado por los sueños: “Te forjé con mis sueños en flor… Vieja historia repetida de los sueños juveniles” (Pigmalión, de Expósito y Piáosla); “En mis sueños ya te imaginé, por eso si algún día nos cruzáramos los dos, sé que te reconoceré” (Si no me engaña el corazón, de Bahr y Miseritsky).

Además, el cuerpo parece tener razones que la razón desconoce: “Clamor de piel, en el apretón de manos, cuando fuimos presentados, por primera vez” (Clamor de piel, de Modestá, Yoni y Vallejo).

Otros subrayan la dificultad de luchar contra una fuerza esencialmente irracional: “es duro desafiar el corazón, cuando se ciega y se encapricha en un querer, y es en vano matar con reflexión … el sentir del hombre o la mujer … Es una fuerza imposible de vencer” (Qué fácil es decir, de Tabanilla y Scciamarella). Esta fuerza a veces es más fuerte que las convenciones sociales: “Mi destino es quererte. Y el destino es más fuerte, que el prejuicio, el deber y el honor” (Prohibido, de Bahr y Sucher).

Como corolario de esa irracionalidad del amor, nadie debería decir que domina al amor o que puede dar consejos sobre él: “El amor fue siempre el gran emperador, que… a todos por igual, nos hace dar mas vueltas, que gallina en el corral” (Cosas del amor, Sciammarella y Maleaba). O: “El amor es un anzuelo, donde el más lince se ensarta, y donde se pierden muchos envidos, con treinta y tres … Sobre eso no des consejos, ni al que es tu mejor amigo”.

Riesgos del amor.

El amor es una apuesta arriesgada, dicen muchos tangos, y el riesgo procede de su volatilidad: “No hay nada bajo el sol, más volátil que el amor” (Acuérdate de mí, de A. Cucci). Como es una especie de apuesta, se puede ganar mucho, pero como el partenaire haga trampas, se puede perder mucho más: “aquella coqueta y risueña mujer, que al jurar sonriendo, el amor que está mintiendo… ¡cuántos desengaños, por una cabeza! … vos sabés que no hay que jugar” (Por una cabeza, de Gardel y le Pera). En algunos casos, esta mentira se debe a que la mujer utiliza la relación amorosa únicamente como medio de promoción social: “la pinta que dios me ha dado, la tengo que hacer valer” (Pipistrela, de Canaro y Ochoa), una situación que debió ser frecuente sobre todo en el ambiente social original del tango.

Otros tangos descargan la responsabilidad del partenaire para dársela a la misma naturaleza del amor: “al potro del amor, no hay gaucho domador que lo domine” (Llorar por una mujer, de Cadícamo y Rodríguez), o: “Es el amor un bien malvado… regala sueños y pañales, y al fin te quita los regalos” (Manual del enamorado, de Ferrer y Garello).

Debido a esa naturaleza poco fiable, hay que entrar en el amor conscientes de los riesgos: las “rosas que son más hermosas” (están) “tan llenas de espinas, que causan heridas en el corazón” (En los campos en flor, de Le Pera y Gardel).

Debido a ese riesgo que se afronta, hay que valorar “el valor que representa el coraje de querer” (Cuesta abajo, de Gardel y Le Pera) y debido al valor que requiere: “es inmoral, sentirse mal, por haber querido tanto” e incluso: “debería estar prohibido, haber vivido y no haber amado” (Jugar con fuego, de Calamaro y Mores), pese a las consecuencias fatales para el alma que trae su fracaso: “se desangra, por un beso de mujer” (A las dos de la mañana, de Massa y Donato).


martes, 23 de septiembre de 2008

Exposición 2005-Conferencia


Conferencia de Antonio García Olivares












El enamoramiento y sus espejismos.

Muchos tangos describen el estado de enamoramiento. Soneto a un sueño nuevo, de Ardizzone y Surt, lo define como una “mentira” y un “hechizo” que “valdrá la pena vivir”, algo en lo que están de acuerdo otros tangos. Muestra también algunos otros rasgos de este estado: “déjame que te idealice aún equivocado… como un sortilegio irreal, casi enfermizo”. Manual del enamorado, de Ferrer y Garello, continúa esta descripción: “Para vivir enamorado, hay que fugarse al ser amado”, metáfora que parece sugerir el escapar de la prisión del propio yo, para entrar en el amado. Compara al enamorado con “un internado que gime tras haber gozado y aún disfruta el sufrimiento”. Porque el amor es una “hermosa pesadilla” que “si es grande crece con la herida”. Y achaca al enamorado el “mentir como un bandido”, no sabemos si a sí mismo, y “absolver como un prelado” al otro, a quién se ve “fanáticamente” como “perfecto”.

Pasional, de Caldera y Soto, abunda en éstos síntomas utilizando metáforas ya analizadas, como la de los labios como arma o los besos como droga y encantamiento que conducen a un estado de enloquecimiento: “Tus labios que queman, tus besos que embriagan y que torturan mi razón”, “no podrás entender lo que es amar y enloquecer”, “caricias que me atan, a tus encantos de mujer… estás clavada en mí, como una daga en la carne… quiero en tus brazos morir”, “nunca sabrás … lo que es amar y enloquecer”.

Otros tangos muestran la tendencia del enamoramiento a identificarse con el todo. Cuando el amor es exitoso, el mundo parece feliz, mientras que cuando el amor es fracasado: “son muy largos los caminos, trayendo una sed que quema, qué triste el arroyo seco, tan parecido a tu pena” (Morocha triste, de Sanguinetti y Maciel).

Sin embargo, otros tangos recogen el paso del amor-enamoramiento al más realista amor-amistad que surge con la convivencia: “Estaba ciego en mi delirio… y ahora que cayó la venda de mis ojos … ví que eras una vulgar muñeca de cartón… la luz de la experiencia me alumbra el corazón” (Ciego, de Luis Rubinstein). O: “yo fui al civil solito, y por amor. Y ella me lo decía: ‘Mira querido, que tengo mi carácter, que soy así…’. No importa… ¿Por qué no me hice humo cuando la ví?” (Cipriano, de Marfil y Vidal).

El vals Cielito lindo acepta esta evolución como una ley natural: “Todas las ilusiones… que el amor fragua, son como las espumas… que forma el agua… Suben y crecen, y con el mismo cielito lindo, desaparecen”.

Causas y motivos del amor.

Si prestamos atención a los elementos que causan, provocan o “despiertan” el amor, observaremos que algunos tangos enfatizan los elementos “fetichistas” que están en el inicio mismo de muchos amores: sus ojos, su sonrisa, su pelo, sus labios, sus pies, como en Mi canción, de María Greves: “Vi en tus ojos, un mundo de ilusiones desconocido”. A veces, el elemento de fijación fetichista no es un rasgo físico, pues la mujer es descrita como poco atractiva, sino “un cutis de muñeca” o una actitud: “Mi nariz es puntiaguda, la figura no me ayuda y mi boca es un buzón”, pero: “pierden la cabeza… que yo tengo, unos ojos soñadores … tengo un cutis de muñeca … modesta siempre fui” (Se dice de mí, de Canaro y Pelay).

La milonga Azúcar, Pimienta y Sal, de Varela, Rossi y Aznar, al igual que otros tangos, achaca el amor a que la partenaire tenga gustos y formas de ser que el amante valora, aunque no coincidan necesariamente con los propios: es “rebelde y angelical”, le gusta, como al amante, “el café y el cigarrillo … y sin plata caminar”, etc. En otros casos, se valora que la persona amada sea un cómplice en el juego de la vida, que de alguna manera potencie las capacidades de uno, lo cual es coherente con la metáfora del amor como lucha contra la vida. En otros casos (Te quiero por buena, de Russo, Ruiz y Rufino), se valora la “bondad”, y en otros, la “sinceridad” y la “sencillez”.

Algunos tangos describen el hombre ideal para algunas mujeres como dominante y sensual, como en Mi pueblo blanco, de Serrat: “fuerte pa’ ser su señor, y tierno para el amor”.

Otros muchos tangos asocian la atracción amorosa, no a causas externas, sino a una pulsión interior, de origen desconocido: “Te quiero, porque te quiero”. O, como en Ese insondable modo de querernos, de Peyrano y Boedo, donde parece asociar el amor a algo supraindividual como podría ser la especie humana, más que a los individuos: “Es insondable el modo de querernos, que se escapa a la razón de quien nos mira, es profundo y tiene algo de eterno, como si hubiera recorrido muchas vidas”.

Otros parecen sugerir que la imagen del objeto amado está previamente en lo inconsciente: “Sos … la imagen de mi alma” (Adelina, de Ezeiza y Gardel), o: “Sin saber que existías te deseaba, antes de conocerte te adiviné … el día que cruzaste por mi camino, tuve el presentimiento de algo fatal, esos ojos, me dije, son mi destino” (Presentimiento, de Emilio Pacheco). Otros afirman que el objeto amado es dibujado por los sueños: “Te forjé con mis sueños en flor… Vieja historia repetida de los sueños juveniles” (Pigmalión, de Expósito y Piáosla); “En mis sueños ya te imaginé, por eso si algún día nos cruzáramos los dos, sé que te reconoceré” (Si no me engaña el corazón, de Bahr y Miseritsky).

Además, el cuerpo parece tener razones que la razón desconoce: “Clamor de piel, en el apretón de manos, cuando fuimos presentados, por primera vez” (Clamor de piel, de Modestá, Yoni y Vallejo).

Otros subrayan la dificultad de luchar contra una fuerza esencialmente irracional: “es duro desafiar el corazón, cuando se ciega y se encapricha en un querer, y es en vano matar con reflexión … el sentir del hombre o la mujer … Es una fuerza imposible de vencer” (Qué fácil es decir, de Tabanilla y Scciamarella). Esta fuerza a veces es más fuerte que las convenciones sociales: “Mi destino es quererte. Y el destino es más fuerte, que el prejuicio, el deber y el honor” (Prohibido, de Bahr y Sucher).

Como corolario de esa irracionalidad del amor, nadie debería decir que domina al amor o que puede dar consejos sobre él: “El amor fue siempre el gran emperador, que… a todos por igual, nos hace dar mas vueltas, que gallina en el corral” (Cosas del amor, Sciammarella y Maleaba). O: “El amor es un anzuelo, donde el más lince se ensarta, y donde se pierden muchos envidos, con treinta y tres … Sobre eso no des consejos, ni al que es tu mejor amigo”.








Acuarelas: Blanca García
Fotografías acuarelas: Ignacio Aguas




lunes, 22 de septiembre de 2008

Exposición 2005-Conferencia


Conferencia de Antonio García Olivares

.../...


Definiciones de la relación amorosa

Podemos diferenciar entre las definiciones que el tango hace sobre el amor como sentimiento individual o psicológico, recogidos en la sección anterior, y las definiciones que el tango da sobre el amor como relación interindividual.

La relación amorosa es descrita en los tangos utilizando los grupos de metáforas que se recogen en los apartados siguientes.

Cooperación en la lucha con la vida.

Como dice La Última, de Camilloni y Blanco, “Ya no quiero pasionismo, ni amorío, ni aventura… yo te quiero compañera para ayudarme a luchar”. El amor se concibe aquí como un compañerismo para luchar contra la vida. O como en Carne y Uña, de Cadícamo y Cobián, donde se presenta el amor como un apoyo mutuo entre dos fracasados. En otro lugar analizamos la cruda y dura descripción que el tango hace de la vida (García-Olivares, 2004).

En otros tangos, como en el vals Absurdo, de Homero y Expósito, la lucha se entabla entre la fuerza del amor y otras fuerzas como las convenciones sociales.

Unión de dos caminos o navegación conjunta.

Como analizábamos en García-Olivares (2004), la metáfora del caminar es utilizada ampliamente en el tango para definir la vida. Coherente con ella, el amor o la amada son definidos en algunos tangos como guías en el sendero de la vida (véase el vals Yo no sé que me han hecho tus ojos, de Canaro). En otros, como en Nada digas, de Delor y Douglas, el amor es definido como dos “senderos que se juntan”. Consistente con ello, la separación es definida en tangos como Los mareados, de Cobián, como “tomar una nueva senda”, que a veces, como en La próxima puerta, de Rizzi y Consentido, es consecuencia de un “tropezón” en dicho camino. En otros casos, el nuevo camino es iniciado por el “cierre de una puerta”.

Consistente con ello, amar sin ser amado es como andar cantando sin que nadie vea tus huellas y sin que nadie “entienda tu canción” (Llueve, de León y Solano).

Cercana a la anterior, aparece la metáfora del enamorarse como “anclar en un puerto” (Naufragio, de Sedini y Aguirre), donde el puerto es la persona amada o su corazón. Esta metáfora es coherente con la metáfora ampliamente usada de la vida como navegación, muchas veces a la deriva (García-Olivares, 2004) y la metáfora de la separación como “naufragio” en alta mar en la que, a veces, los amantes quedan a la deriva de nuevo, como “despojos” de dicho naufragio (Fuimos, de Manzi y Dames).

En otros casos el enamorarse es definido como hacer un puente entre dos orillas de ese mar encrespado que es la vida, como en la chacarera El teorema, de Y. Montes.


Cooperación efímera y volátil.

La relación cooperativa descrita por las dos metáforas anteriores es presentada en muchos tangos como especialmente impermanente e insegura. En muchos casos, porque una de las dos partes abandona la cooperación, en lo que se describe como una “traición”. Este calificativo parece justificarse en algunos tangos, como Afiches, de Expósito y Stampone, porque se abandona al compañero de lucha en mitad de la batalla, podríamos decir: “Se me gastaron las sonrisas de luchar, luchando para ti, sangrando para ti… y te perdí”.

En algunos casos, como en Alma, de Sarcioni y Scorticati, la relación amorosa es descrita como un sueño frágil del cual se puede despertar abruptamente y, en otros casos, se describe como “castillos de arena” o “flores de un día”.

En otros casos, se describe la relación amorosa como una escena de una representación teatral que continúa, o como el acto de un carnaval que recomienza año tras año.

Frente a la volatilidad del amor, algunos tangos, como El caballo del pueblo, de Romero y Soifer, ensalzan la predecibilidad de otras compañías, incluso no humanas.


Paraíso artificial baudeleriano.

En otro lugar (García-Olivares, 2004) citamos la embriaguez amorosa como una de las formas principales de embriaguez que el tango recomienda para afrontar la dureza, fealdad y arbitrariedad de la vida. El tango El día que me quieras, de Gardel y Le Pera, describe de forma incomparable sus síntomas: “Ríe la vida… tu risa leve que es como un cantar… ella aquieta mi vida, ¡todo, todo se olvida! El día que me quieras la rosa… se vestirá de fiesta… locas las fontanas, me cantarán tu amor… no habrá más que armonías, será clara la aurora y alegre el manantial. Traerá quiete la brisa rumor de melodías y nos darán las fuentes su canto de cristal… endulzará sus cuerdas el pájaro cantor, florecerá la vida, no existirá el dolor… Eres mi consuelo”.

Tradicionalmente, la mujer ha estado especialmente sensibilizada a las grandes posibilidades que tiene la embriaguez amorosa como fuente de “burbujas” artificiales donde poder montar paraísos locales semi-protegidos de la dureza del mundo.

Esta sensibilidad quizás deriva de su mayor conciencia ante la necesidad de contar con entornos protegidos en caso de maternidad, una circunstancia que, de producirse, ella no puede esquivar ni obviar, al contrario que el hombre.

Toda la literatura del amor romántico y la “novela rosa” escrita, radiada o televisada, ha tenido siempre entre las mujeres sus consumidores mayoritarios. El drama del mundo implacable que rompe una burbuja casi formada o impide su formación, a pesar del deseo de los dos constituyentes, es una fuente tradicional de argumentos para esa clase de literatura en su faceta más dramática.

La propia palabra lunfarda para hogar y aposento es Nido, y un nido es en español un lugar semiprotegido que un animal elige para procrear, siempre en un lugar escondido, siendo de hecho una de sus acepciones la de “escondrijo” (María Moliner, Diccionario de uso del Español).

Muchos tangos describen la relación amorosa como tal lugar protegido y artificial, construido entre dos y que hay que tratar con cuidado pues es muy frágil. Uno de estos tangos es Tu íntimo secreto, de Marcó y Gómez: “La dicha es un castillo con un puente de cristal, camina suavemente si la quieres alcanzar”. Una vez en él: “desecha tus temores y entrégate al amor”, pero cuidado: “Tu íntimo secreto a nadie le confíes, que el mundo siempre ríe y es muy calumniador”. Y el puente de cristal es de una extrema fragilidad: “de mil que lo cruzamos, dos o tres suelen llegar”.

Muchos otros tangos describen al amor como un estimulante o bálsamo para soportar la vida, por ejemplo, Por la cuesta arriba, de Bahar y liborio Galván.

El amor como mundo virtual en sustitución del mundo real aparece también con frecuencia: “Ven a mi lado y olvida todo … Qué te importa a ti este mundo cruel … Por este amor pon cerrojos a mi puerta … todo a mi lado encontrarás … En este amor, la vida entera lograrás … Todo ha pasado, cierra tus ojos, descansa un rato entre mis brazos, ya sabes por qué estamos aquí lejos, lejos de este mundo cruel” (Por este amor, de Stazo y Silva).

De este modo, como dice Principe, de Garcia Jiménez, Aieta y Tuegols, se puede ser príncipe sin tener un palacio: “Principe fui, tuve un hogar y un amor, … la dulce paz del querer, y pudo más que la maldad y el dolor, la voluntad de un corazón de mujer”.

Sin embargo, la “burbuja” o “palacio” de cristal es frágil y hay que cuidar de no romperlo por tonterías. Algunos tangos recomiendan no dejarse llevar por los rumores y habladurías, sino por lo que uno detecta en su propia relación (Primero campaneala, de Aieta y Dizeo). Otros tangos presentan la relación amorosa en un ambiente como de fragilidad implícita al recomendar un ambiente de penumbra y “media voz”, como para no “romper el encantamiento” (véase por ejemplo En voz baja, de Lenzi y Donato, y A media luz, de Lenzi). En otros casos, como en Amarraditos, de Duran y Pérez, se busca la estabilidad en un mundo de a dos basado en las tradiciones: “Amarraditos los dos, espumas y terciopelo… dicen que no se estila ya más … pero no hay nada mejor, que ser un señor, de aquellos que vieron mis abuelos”.

La esencial naturaleza de “sombra”, “espejismo” o “quimera” de los mundos artificiales se pone de manifiesto en algunos tangos, como Quimera, de Barbosa, González y Vippiano, o en Sombras nada más, de Contursi y Lomuto: “sombras nada más, entre tu vida y mi vida, … entre tu amor y mi amor. Qué breve fue tu presencia en mi hastío…”. En casos extremos, como en Alguien se muere de amor, de Adriana Varela, la mentira esencial de ese mundo de a dos es reconocida explícitamente por los amantes, pero todo sea en aras de evitar la soledad y el hastío: “Ya no están solos como antes, y se mienten los dos, por temor al hastío”. En otros casos, como en Arañando la puerta, de Abonizio, Gonzalez y Vitale, el mundo de a dos que es la relación se concibe como un espectáculo en que se busca que el partenaire actúe por lo menos creíblemente: “a mi escenario también lo aburrió, tu fama de mal actor”.

Finalmente, en el mundo artificial creado por los dos amantes, el tiempo que dura el amor no es el tiempo de los relojes oficiales sino un tiempo propio (véase por ejemplo Almita herida, de Cadícamo y Cobián).Definiciones del amor en el tango.

Además de las metáforas citadas en la introducción, hemos recogido otras definiciones que el tango da del amor agrupándolas bajo los encabezamientos de los siguientes apartados.

Domesticación de una fuerza o impulso salvaje.

En los tangos, el amor aparece a veces como una fuerza o impulso irracional y otras como algo que amansa y domestica ese impulso interior, como en el Joropo Venezolano La potranca zaina, que compara a la mujer con una potra salvaje que cae en el lazo del amor y es domesticada cuando se enamora. En muchos tangos, se enfatiza la pérdida de libertad que conlleva este proceso.

En muchos tangos, otro efecto del amor es sustituir las componentes más agresivas y dominantes de la personalidad del vividor masculino por una actitud más receptiva. Si identificamos la parte “masculina” que hay en todo ser como sus actitudes dominantes y activas y la parte “femenina” con sus actitudes receptivas, podríamos decir que el amor “feminiza” al varón dominante según muchos tangos.


Embrujo, hechizo o encantamiento con brebaje.

Otros tangos definen el amor como un embrujo, como en: Embrujado, de Maldonado y Marín o en En tus ojos de cielo, de Maderna y Rubinstein, encantamiento que a veces se provoca mediante algo como un brebaje: “¡Decí, por Dios, qué me has dao, que estoy tan cambiao!... ¡No sé más quien soy!” (Malevaje, de Discépolo y Filiberto). El embrujo a veces “aprisiona la vida”, “hace perder el rumbo del camino” o la libertad.

En algún caso, en lugar de un brebaje embriagador, se trata de un veneno: “Mozo! Sírveme en la copa rota, quiero sangrar gota a gota, el veneno de su amor” (Copa rota, de Calamaro). Alla en el bajo, de Aguilar, Massa, Magaldi y Noda, sugiere un lugar donde la mujer guarda ese veneno: “en las pupilas, guarda el veneno de la pasión”.

Luz, sol y fuego.

Otros tangos definen el amor como una “luz”, un “sol” o un “fuego” que alumbran la vida de uno, eliminando de ella el “frío”, la “oscuridad”, la “noche larga” o el “dolor” producido por el vivir. Consistente con esta metáfora, la amada se concibe en algunos tangos como un “sol” que guía la vida del amante, como en Mi diosa, de Grandis y De Caro, donde el amante es comparado con un “girasol”.

El gran riesgo es que, como dice Farolito de papel, de Garcia Jiménez y Lespes, esa luminaria se puede apagar, o quemarle a uno por exceso de brillo o bien puede traer “mucho humo y poca luz”. O bien, como en Bajo el cono de luz, de Volpes y De Angelis, esa luz puede crear espejismos mortales: “Mariposa que al querer llegar al sol, sólo encontró, la luz azul de un reflector”. O como en Embrujado, de Maldonado y Marín, donde la “hoguera del amor” atrae al amante a “inmolarse” en ella.

En algunos tangos es la “pasión” amorosa la que es identificada con el fuego que quema al amante y la “luz que lo ilumina” surge de los ojos de la amada, una luz cuya pérdida provoca en él efectos parecidos a los de la falta de una droga.

El tango En las sombras, de Meaños y Mauricio Mora, muestra cómo entender filosóficamente el amor para evitar decepciones: Como “un rayo de sol” que, como “el sol de la mañana” te alumbra y “como viene se va”.

Acuarelas: Blanca García
Fotografía acuarelas: Ignacio Aguas





jueves, 18 de septiembre de 2008

Exposición 2005 - Conferencia






















(Conferencia de Antonio G.Olivares)


Definiciones del amor en el tango.

Además de las metáforas citadas en la introducción, hemos recogido otras definiciones que el tango da del amor agrupándolas bajo los encabezamientos de los siguientes apartados.

Domesticación de una fuerza o impulso salvaje.

En los tangos, el amor aparece a veces como una fuerza o impulso irracional y otras como algo que amansa y domestica ese impulso interior, como en el Joropo Venezolano La potranca zaina, que compara a la mujer con una potra salvaje que cae en el lazo del amor y es domesticada cuando se enamora. En muchos tangos, se enfatiza la pérdida de libertad que conlleva este proceso.

En muchos tangos, otro efecto del amor es sustituir las componentes más agresivas y dominantes de la personalidad del vividor masculino por una actitud más receptiva. Si identificamos la parte “masculina” que hay en todo ser como sus actitudes dominantes y activas y la parte “femenina” con sus actitudes receptivas, podríamos decir que el amor “feminiza” al varón dominante según muchos tangos.


Embrujo, hechizo o encantamiento con brebaje.

Otros tangos definen el amor como un embrujo, como en: Embrujado, de Maldonado y Marín o en En tus ojos de cielo, de Maderna y Rubinstein, encantamiento que a veces se provoca mediante algo como un brebaje: “¡Decí, por Dios, qué me has dao, que estoy tan cambiao!... ¡No sé más quien soy!” (Malevaje, de Discépolo y Filiberto). El embrujo a veces “aprisiona la vida”, “hace perder el rumbo del camino” o la libertad.

En algún caso, en lugar de un brebaje embriagador, se trata de un veneno: “Mozo! Sírveme en la copa rota, quiero sangrar gota a gota, el veneno de su amor” (Copa rota, de Calamaro). Alla en el bajo, de Aguilar, Massa, Magaldi y Noda, sugiere un lugar donde la mujer guarda ese veneno: “en las pupilas, guarda el veneno de la pasión”.

Luz, sol y fuego.

Otros tangos definen el amor como una “luz”, un “sol” o un “fuego” que alumbran la vida de uno, eliminando de ella el “frío”, la “oscuridad”, la “noche larga” o el “dolor” producido por el vivir. Consistente con esta metáfora, la amada se concibe en algunos tangos como un “sol” que guía la vida del amante, como en Mi diosa, de Grandis y De Caro, donde el amante es comparado con un “girasol”.

El gran riesgo es que, como dice Farolito de papel, de Garcia Jiménez y Lespes, esa luminaria se puede apagar, o quemarle a uno por exceso de brillo o bien puede traer “mucho humo y poca luz”. O bien, como en Bajo el cono de luz, de Volpes y De Angelis, esa luz puede crear espejismos mortales: “Mariposa que al querer llegar al sol, sólo encontró, la luz azul de un reflector”. O como en Embrujado, de Maldonado y Marín, donde la “hoguera del amor” atrae al amante a “inmolarse” en ella.

En algunos tangos es la “pasión” amorosa la que es identificada con el fuego que quema al amante y la “luz que lo ilumina” surge de los ojos de la amada, una luz cuya pérdida provoca en él efectos parecidos a los de la falta de una droga.

El tango En las sombras, de Meaños y Mauricio Mora, muestra cómo entender filosóficamente el amor para evitar decepciones: Como “un rayo de sol” que, como “el sol de la mañana” te alumbra y “como viene se va”.

Acuarelas: Blanca García

Fotografías acuarelas: Ignacio Aguas


(continuará)




martes, 16 de septiembre de 2008

Exposición 2005 - Conferencia

Conferencia de Antonio G.Olivares
















El amor en la psicología

Si buscamos la palabra “amor” en un diccionario, encontraremos, típicamente, tres significados para el concepto: (i) Intenso deseo sexual por otra persona; (ii) Emoción positiva intensa de cuidado y afecto; (iii) Fuerte atracción o entusiasmo por algo.

En los tres casos, se trata de un sentimiento de atracción o aprecio que, siguiendo al psiquiatra Claudio Naranjo, podríamos formalizar algo más psicológicamente, en las siguientes tres clases:
-Amor de hijo, o erótico, o libido.
-Amor de madre o benevolencia o ágape (caridad).
-Amor-admiración.

La primera clase de amor consistiría en un aprecio o estimación por el ser humano capaz de satisfacer los propios instintos, sexuales o de seguridad.
La segunda clase consistiría en un aprecio, estimación y/o identificación con los humanos en general tal como son o por alguna característica concreta típica de los humanos (e.g. su fragilidad, sencillez, nobleza, naturaleza pacífica, etc) y/o por los humanos concretos que poseen esa característica.
Si nos concentramos sólo en el amor interpersonal, y no en el amor a símbolos abstractos, la tercera clase consistiría en una estimación o admiración por los humanos tal como podrían llegar a ser o por una forma (humana) de existir, de ser, de estar, de existir, que se considera óptimamente deseable o valiosa y por los humanos que la representan.

Como ejemplo, el enamoramiento sería un amor-admiración despertado por alguien que a la vez despierta deseos eróticos, conscientes o inconscientes.

No encontraremos en las letras de los tangos una definición tan psicológica de los distintos tipos de amor, pero sí observamos que estas tres clases de amor son descritas con cierta frecuencia y, por tanto, son implícitamente aceptadas. En particular, el amor de hijo, el amor pasional (que tiene una componente erótica innegable), el amor de madre y el amor-admiración, aparecen con mucha frecuencia.

John Alan Lee en The colors of love (1973) identificó tres estilos o formas de amar primarias que se combinan en las relaciones amorosas reales: (i) Eros o atracción por una persona ideal, (ii) Ludus o amor como juego, (iii) Storge (amor familiar) o búsqueda de la amistad. De nuevo los tres tipos aparecen en las descripciones que ofrecen los tangos de personajes tales como el enamorado, el vividor y el marido leal, respectivamente.

Claudio Naranjo (Naranjo 2000) ha estudiado los rasgos habituales en las formas de amar de los nueve tipos de personalidades humanas de su clasificación, basada en un eneagrama de nueve clases o eneatipos. Pese a que aún está por desarrollar un trabajo de contrastación más riguroso, esta clasificación caractereológica es bastante útil como tipología, pues recoge nueve “pasiones dominantes” del carácter y sus mecanismos de defensa asociados, que cubren un espectro bastante amplio de tipos humanos reconocibles. A continuación resumiremos la forma de amar distintiva de algunos de los eneatipos que con más frecuencia aparecen en las letras de los tangos.

Eneatipo II, amor-pasión (E2): Carácter seductor por excelencia, el histriónico E2 se muestra muy amoroso. Pero ese amor es inestable, superficial y condicional pese a su aparente intensidad. El E2 se esmera en ofrecer un amor maravilloso, único y extraordinario, pero en contrapartida, es un pozo sin fondo que no se sacia nunca. Incluso habiendo encontrado un “amor verdadero”, la persona E2 es difícil, invasora, puede ser celosa, infantil, irresponsable e inconsecuente. No soporta heridas a su orgullo ni a su imagen siempre idealizada. Su amor termina fácilmente en desencanto o aburrimiento y búsqueda de nuevo objeto. Las llamadas “mujeres fatales” de la literatura y el cine, así como del tango, suelen corresponderse bien con este tipo. Confirma su auto-imagen de dador acumulando relaciones. Es un carácter muy bueno también en el rol de gran madre. Necesita “ser necesitado”, se podría decir.

Eneatipo III, amor narcisista (E3): El vanidoso y utilitarista E3 se valora si su imagen es valorada. Esto le hace tan autocontrolado que pierde la capacidad de entrega. El amor en sí puede ser desvalorizado frente al trabajo o al éxito. Además, la relación puede sufrir por el excesivo control de la pareja o de los hijos. Este amor se expresa más en actos serviciales que en comunicación de afecto. Sabe hacerse indispensable y alimenta la dependencia. Los E3 dominan el rol amoroso como dominan todos los roles. Irradian alegría y adaptabilidad, aunque también superficialidad. Ante la frustración, adopta la posición de víctima agresiva y hieren la autoestima de quien lo ha frustrado de forma precisa y afilada.

Eneatipo IV, amor-enfermedad (E4): Para el romántico masoquista E4 el amor es una pasión enfermiza, dolorosa y fortuita pero inevitable. Al igual que el E2, su amor es apasionado, pero el orgulloso E2 exalta e idealiza su pasión, mientras que el envidioso E4 (que no cree en sí mismo) más bien la sufre. Tiene un sentimiento carencial, como de envidia, que se autofrustra por su exceso. Pide más de lo que es esperable dar y molesta al otro con su acoso. Como se sabe acosador e inconscientemente agresivo, no se siente digno y anticipa su propio rechazo, que se vuelve así realidad más fácilmente. Se vuelve dependiente del que ama, pero si su amor es correspondido, ello invalida al otro: “si me quieres a mí, que soy una porquería, ¿qué clase de persona eres?,¿otro como yo?”. Para el E4 el amor nunca es lo suficientemente exaltado, lo suficientemente romántico ni lo suficientemente perfecto. El E4 es servicial, acomodaticio, sacrificado, que aguanta hasta el masoquismo la frustración y el sufrimiento. A la vez, presenta ese sufrimiento como moneda para que se le compense con amor (victimismo y chantaje emocional). Algunos desarrollan cierta arrogante vengatividad. Lo erótico puede ser vehementemente perseguido, pues es algo que le saca de lo ordinario y calma su sed de intensidad, pero tiene dificultades para entregarse al placer y al otro, llegando a veces a la inhibición orgásmica. También es aficionado al amor-dar tipo caridad: defensa de los oprimidos y necesitados, pues aunque él mismo no sabe recibir piedad, se apiada fácilmente del que no la tiene.

Eneatipo V, desapegado (E5): El reservado E5 tomó la decisión, en algún momento de su desarrollo, de arreglárselas solo, por eso es uno de los caracteres que aparentan ser menos amorosos. Es contrario al impulso de fusión con el otro porque alberga una verdadera pasión por evitar los vínculos. No sólo expresa poco su posible cariño, sino que es más indiferente y alejado. Le gusta recibir, pero no lo pide, pues ello podría molestar y conducir a una mayor frustración que la autoimpuesta. Se ha acomodado a vivir con las mínimas necesidades respecto de otros. Cree poco en el amor, al igual que el E8 y tiende a pensar que quienes se lo manifiestan lo hacen por otros motivos. Puede sentir el deseo del otro como algo que le limita.

Eneatipo VI, amor sumiso y amor paternalista (E6): El temeroso tipo VI desconfía de la entrega que implica el amor. Se teme ser engañado, sometido, humillado, controlado. Tienen problemas para establecer relaciones filiales igualitarias: unos van de huerfanitos por la vida, buscando protección, mientras que otros toman una actitud paternalista eliminadora del miedo en los otros. Hay una ambivalencia continua frente a lo exterior, de amor y odio, confianza y desconfianza. Por otra parte, funciona desde el control en aras del deber más que desde el deseo, porque implícitamente se piensa, en la línea de Freud, que el propio “ello” desatado sería algo horrible. Lo podemos identificar con el “amor desconfiado” de muchos protagonistas varones de tangos.

Eneatipo VII, amor cómodo (E7): El autoindulgente VII es seductor y cariñoso como el E2, pero necesita ante todo un amor indulgente, que no le exija ni le ponga límites y, a cambio, ofrece al otro permisividad. En lugar de un amor-pasión como el E2, el E7 busca un amor tranquilo, agradable y a salvo de problemas, como el “amor galante” de la época cortesana. Tiende a una confusión entre el amor y el placer y entre el amor y la no interferencia en el cumplimiento de los deseos o amor-comodidad. Se bate en retirada ante compromisos, obligaciones o restricciones, por lo que es un amor un poco inestable, siempre exploratorio. Agravado porque al goloso “oral-optimista” E7 lo lejano siempre le parece más atractivo que lo cercano. Busca relaciones sin roce y sabe encontrarlas, salvo que difícilmente pueden llamarse relaciones. Tiene una actitud muy amistosa, simpática e igualitaria y entra en conversación fácilmente. Su amor es muy lúdico y sabe simpáticamente hacer aceptables su juegos a los demás.

Eneatipo VIII, amor avasallador (E8): Dada la indiferencia emocional del E8, sería propio hablar de atracción lujuriosa más que de amor lujurioso en este tipo. El Don Juan original (el burlador) se correspondería con este tipo: un amor que invade, utiliza, abusa, explota, y que exige a su vez un amor que se someta y se deje explotar. En su posición cínica, y en guerra con el mundo, no cree en el amor del otro, lo pone a prueba pidiéndole lo imposible o pidiéndole el dolor como manifestación de sinceridad. Puede admirar modelos fuertes de persona. El amor de pareja del E8 es invasivo, excesivo, avasallador, violento y antisentimental. Amor-contacto, no emocional, sin compromisos y con negación de la dependencia. El amor a sí es el más fuerte y el amor al prójimo va en segundo lugar, pese a ser aparentemente antisocial: es contrario a las normas más que a las personas concretas. Sin embargo, su amor a sí no es un amor al niño de pecho interior, sino a un adolescente titánico que se ha propuesto conseguir lo que no se le dio en su momento.

Los dos tipos amorosos del extremo del eneagrama son más difícilmente reconocibles entre los protagonistas de los tangos:
-Las personas perfeccionistas, rígidas e invasoras del Eneatipo I.
-Las perezosas, maternales y acomodaticias del tipo IX.

La tesina de García Martín (García Martín 1992) subraya el ambiente del lupanar y la subcultura asociada a él como origen del ambiente que describen muchos tangos:

“El hecho es que una casa de lenocinio agrupa soledades, no las integra. La dinámica del prostíbulo acerca a sus habitantes pero mantiene las distancias entre ellos; es decir, les hace volver hacia su propio interior.” Como decía Sábato (Sábato, 1963, pag. 15): «El puro acto sexual es doblemente triste, ya que no sólo deja al hombre en su soledad inicial, sino que la agrava y ensombrece con la frustración del intento». Y también: “Hay un sentimiento latente -casi nunca racionalizado- de "círculo vicioso", en el que se ve sumido el individuo que frecuenta el prostíbulo. (…) Es sobre todo la impotencia por reformar lo indeseable lo que da lugar al llanto, la imposibilidad de romper ese "círculo vicioso". A eso corresponde siempre un clima exterior, un clima físico característico, que es la lluvia, la niebla, la garúa o el color gris de lo que rodea al protagonista.”

En mi opinión, aunque esto explica el ambiente descrito en algunas letras, éstas describen, más generalmente, el propio ambiente social de la Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XX. Una sociedad de recursos muy limitados, limitado acceso a la propiedad de la tierra y al ascenso social, constituida principalmente por inmigrantes alienados de sus culturas de origen, con fuerte desproporción entre población de hombres y de mujeres y fuerte competición entre los hombres por el acceso al trabajo y a las mujeres. Para una introducción a los orígenes históricos del tango véase García-Olivares (2003) y Labraña y Sebastián (1992).

Ante un ambiente adverso y agresivo la construcción de un ego poderoso y blindado es una solución muy promovida desde la revolución romántica (véase García-Olivares 1997).

Como dice García-Martín: “(Hay en el ambiente del tango una) complicidad sutil, consistente en la camaradería con los "compañeros de fatigas", aunque guardando las distancias. Esto, sin embargo, no impide la violencia, la crueldad y el desprecio hacia ellos cuando se trata de la autoafirmación en el ambiente. La razón es bien simple: la jerarquía de valores se construye en torno al concepto de supervivencia (en todos los sentidos; por lo general la supervivencia de la relación con la mujer supone la supervivencia material, física; el compadrito vive de la prostitución de su compañera)”.

Sin embargo, incluso aunque no se dependa materialmente de la mujer, el fracaso en la competición por seducirla recuerda dolorosamente que ese ego que tanto ha costado montar no nos inmuniza del fracaso vital en general ni de nuestra inferioridad frente a otros.
(continuará...)

Acuarelas: Blanca García
Fotografía acuarelas: Ignacio Aguas