"Pero el que huye no sólo se marcha de un lugar,

Este es el blog de una historia que arranca con un libro. Es un libro lleno de palabras que se enlazan por la belleza de quien las contempla. Sigue leyendo ...

Qué se ve?
Una entrada llena de luz.
La luz entrando en uno mismo
¡Qué más da la hora, el lugar, o el motivo!
Lo importante es que entramos.
¿Qué hay dentro?
Naturaleza pura. Pura sencillez.
Un árbol que se dejó hacer barrica.
Una vid que dejó de ser, para ser vino.
Aire.
Se respira. Se madura.
Se vive, al fin.
Será una copia, pero original.
Pero hay alguien en la habitación.
No fuma. Abrió la ventana para mirar. Dejó esa pipa encima de esos papelitos para que el aire no los moviese más de lo necesario.
Lo original está en su sitio. El autor no ha querido esconderse. Simplemente ha evitado quitar protagonismo a la escena con su nombre y eso subraya la autoestima de quien ha manejado los pinceles. La caja está vacía de vanidad.
¡Qué tiempo tan bien empleado!
No sé por dónde empezar. Son tantos los hilos que se mueven, tan cariñosos los paisajes que sugiere esta obra, que no sé por dónde empezar.
El conjunto es sencillo. Unas vasijas, cuatro frutos, varios azulejos y un trozo de madera.
La distribución de estas imágenes es armónica. La vasija se expresa con tanta vitalidad que reparte el protagonismo a todo el conjunto y podría decirse lo mismo de todos los elementos (incluido el marco). Ninguno se cierra en sí mismo y habla con orgullo de los otros. Se respira paz.
Podría ser una pequeña tinaja o una jarra. Quizás un jarrón. Termina siendo todo a la vez.
Tiene personalidad y un pequeño defecto en la base. Lo disimula ese cuenco a su lado que contiene un fruto inmaduro. Las tiernas hojas que lo acompañan denuncian su prematura separación del árbol. Encuentra su equilibro en la hospitalidad recibida. Se repite la escena en el otro extremo con las dos castañas que relatan lo mismo. Sólo la del centro es un fruto maduro y por ello sabe decir: “yo también tengo mi sombra” y pasa el testigo a la repisa. Está construida con una madera sencilla, reparada y con cicatrices. “Soy fuerte”, nos dice, “pero hace falta más vigor para jugar la partida que sugieren los azulejos donde estoy apoyada”.
Y jugamos.
Buscamos al autor. Cuando empezó a mover ficha no había luz y era difícil encontrar las riendas. La imaginación es hospitalaria y para no dejar de serlo llamó a la realidad. Ya no importa que en algún momento asustase la oscuridad y se creyese en centauros. Pertenece al pasado aquel miedo a reconocer como suyo su origen. Lo fundamental es que llegó el presente con toda su alegría.
Buscamos al autor para aplaudirle.
Mirad su firma. Es una sinfonía.
No se esconde, subraya su obra. La reconoce suya y al hacerlo se abraza él mismo sin poder evitarlo. A través de esos dibujados ojos se le ve sonreír.
Sonríe como yo cada vez que miro este bendito cuadro. Bendito por salud, por canto a la vida, a la suya, la del autor. Bendito por darle jaque mate a la desesperanza.
Aplaudo.
Uno más… por favor…
A
José
(que me quiere)
"Estás fea", (me dices, resumiendo).
Sino de sorpresa (a la belleza).:
¿por qué te ocultaste?
Ahora
me asombro yo al descubrir
que
tienes un lugar para ella
(¿por qué no te quedas?)
¡Qué
generoso has sido!
(Si
lo llego a saber, me corto el pelo antes)
Por
favor,
vuelve
a decirme fea.
Respira hondo (aquí venía el nombre del autor), que de más hondo aún viene tu dicha.
Qué pena quererte tanto, qué pena; pero qué alegría también tener esta pena.
Este hombre, el mejor que he conocido, podría haber sido tuyo.”
La diferencia en decir “tuyo” a “tu yo” es fundamental. Mi yo solo espera reconocerse en mí para no invadir el espacio de los demás. Si yo hubiera sido tú no habría para mí felicidad posible.
Tuyo debiste ser tú y no pudo ser.
Estoy segura de que ya lo has comprendido todo. Para la conciencia universal tú también eres imprescindible. En este final pudiste respirar con la hondura debida.
Yo nunca he dejado de ser feliz.
Para mí

Un granizado de limón me apetece y lo pido. Hace mucho calor y es una buena idea.
Me sirven un auténtico granizado. Un batallón de trocitos de hielo que en su interior llevan ese limón que hará retroceder esta temperatura insoportable.
Me encuentro con un problema.
El líquido tengo que absorberlo con un cilindro mayor de lo normal, con lo cual los hielos entran y se interpone entre el líquido y mi sed.
Rápidamente se me ocurre usar como tapón el primero de los hielos que suben velozmente en fila y con ello doy preferencia a ese líquido depositado al final del vaso y que gracias a esa forma de tomarlo puede llegar a su destino.
Es igual que en política. Dadme
un punto de apoyo y moveré el mundo, dijo Arquímedes. Cuanto más cerca del
problema esté el punto de apoyo, más fuerza tendremos para solucionarlo.
La crítica a cualquier idea debe llevar un espacio en el que alojar a quien sinceramente está creyendo en esa idea. De otro modo se pierde la razón y algo más.
Yo no soy católica y estoy dispuesta a denunciar los abusos de quien está al frente de la iglesia. Pero no puedo aplicar el mismo diagnóstico con las personas que de buena fe están creyendo en ese dios y de ninguna manera puedo interferir en sus manifestaciones. Si denuncio, tengo que “salvarme” de “mi” prejuicio en mi relación con los demás. De otro modo vacío de contenido mis ideas y ese “vacío” es contagioso.
Está ocurriendo en política. Hay cuatro mangantes frente a cuatrocientos honestos. La proporción es clara, pero el desastre de esos cuatro es irreparable.
Hay quien se lo toma con humor. Un club de fútbol, al indicar los colores de su uniforme ha puesto: camiseta y pantalón color: CACOTA.
Dicho esto, pasemos al mundo onírico. Te cuento.
Voy caminando hacia un alto edificio que tiene forma circular. Subo las escaleras hasta el último piso. Tengo planteado un gravísimo conflicto para el que no encuentro salida. La única solución es tirarme por la ventana.
Salto.
Mi hermana-amiga (también en la vigilia) que está allí, me ve y salta detrás de mí.
El descenso es trágico. Mis gritos para que no me siga no pueden ya hacer nada. Mi argumento explicando que es algo a resolver por mí en soledad, no puede cambiar la ley de gravedad.
Yo caigo bien, sin problema. Ella se estrella y muere.
No es fácil expresar en toda su magnitud mi dolor y la fuerza con la que la abrazo. Grito, sin violencia, para que la vida me escuche, que yo quería asumir responsablemente, sola, en primera persona, el problema que se me planteaba.
Ese convincente abrazo le devuelve la vida. (Imagínate mi sensación de agradecimiento)
Le acompaño hasta la puerta del edificio para que vuelva a entrar.
Me despierto serenamente.

Una Niña
Estaban sentados cerca de mí y me llamó la atención su hablar preciso, con un tono propio de su edad, no más de cuatro años. Jugaba con él y le ganaba en la carrera de romper burbujas de aire, esas que protegen cualquier cosa que se deje envolver.
Me sorprendió oírle decir: “Papá, yo no quiero ir al cielo, porque allí no veré a mis amigos, ni a ti, ni a mamá…”
Él salió del paso con un “en esa altura se
ve todo, incluso puedes volar como los pájaros”. Ella crecía en entusiasmo.
“¡Es que dios es el mejor!” lanzó con una convicción que provocaba celos
divinos. Su padre siguió el juego: “Es tan bueno que nos pone un ángel de la
guarda para cuidarnos” y le puso ejemplos de peligros pasados en los que ella
se hizo menos daño del que debía por estar protegida. ¡Era eso! Rápida, como si
tuviera alas, recordó el día que le pisó y no hubo ninguna herida, a pesar de
que el dedo más pequeño de su pie había quedado debajo de su
zapato-apisonadora. ¡Qué chuli es tener ángel de la guarda! exclamó alborozada.
No vi la expresión de su padre, pero seguro que sonreía.
Era cierto ¿Dónde iba a estar dios mejor guardado que en aquella bondadosa pregunta? Dicho lo cual no di el juego por terminado.
Bajé del autobús. La mañana era cálida y había un extraño silencio.
¿Quién
preguntará por ella para que ese dios pueda volver a ocuparse de la
responsabilidad que le corresponde?
Siento no tener una memoria mejor para que una mayor información enriqueciera este comentario, pero no hay más.
Hace muchos años, vi. en televisión una película que trataba el tema de la educación con adolescentes de familias desestructuradas. (Lamento no acordarme del título, director, nacionalidad, etc.)
El profesor sembraba en ellos la curiosidad por los temas a estudiar, implicándoles de forma particular. Les hablaba de la guerra y se interesaba por cómo habían vivido sus familias aquella tragedia. Para ello debían hablar con sus padres y llevar por escrito esas historias. A partir de ahí, en espiral, todas las materias, ortografía, literatura, geografía, historia, etc. se estudiaban de una forma natural, porque lo importante no era sacar nota, sino descubrir lo mejor de aquellos críos. El siguiente paso fue crear una imprenta en la clase y publicar un periódico con aquellas crónicas. Esa clase estaba llena de sano orgullo. (lo de “sano” sobra, pero en muchas ocasiones el orgullo se confunde con la vanidad)
Años después, en Coslada (Madrid) hubo un ensayo parecido en uno de sus institutos. (Tampoco recuerdo el año ni el centro donde esto se produjo)
Le pregunté a Carlos Sebastián, un querido amigo (ya fallecido), que fue profesor del Colegio San Agustín, por qué no se ponía en práctica ese sistema de enseñanza. Me contestó: “Porque no hay profesores preparados para dar respuesta a las cuestiones novedosas que plantearían los alumnos y sería mucho peor la frustración que ello generaría al no saber tratarlas adecuadamente”.
Tiene sentido que nos agarremos a lo establecido, porque el vértigo solo pueden soportarlo los héroes y los héroes lo son porque en ese momento todos y cada uno de los demás estamos en el lugar correcto.
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En el fondo no se “banaliza” nada y todo el mundo cambiaríamos las “estadísticas de venta” por aumentar el conocimientos sobre nosotros mismos.
Pero ese premio no depende de nuestra voluntad. Llega por el camino que mostró Machado. Leemos donde oímos nuestro nombre y escribimos a fondo perdido (aunque no lo parezca).
Nos pasa que proyectamos.
Esperamos encontrar en el otro las piezas que nos faltan para vernos completos.
Nos añoramos y como respuesta pedimos cuentas a quien no estuvo donde quisimos, en ese momento.
Si aceptásemos la soledad, ella, la soledad, nos acompañaría.
Esa hospitalidad sería irresistible para que nos quisiera quien queremos.
Dejemos que sea el hado, el destino, quien marque el ritmo y seremos libres para interpretar su melodía.
Solo así podremos estar desde el principio hasta el final de
la pieza.
Para comprender hay que escuchar.
Silenciarnos y no invadir ese nuevo espacio que llega en la mochila de las nuevas generaciones es difícil.
Están a nuestro alcance los recuerdos habitualmente maquillados, pero el vacío de lo que está por-venir da vértigo.
Un valor seguro es la amistad,
que siempre es hospitalaria y ofrece un espejo desde donde disfrutar del
paisaje completo.
Dar continuidad a lo que nuestros antecesores comenzaron es todo un reto.
Crecemos en todos los aspectos porque hay quien continúa lo que otros empezaron y también quien sabe dar la vuelta en un camino que nos llevaría al precipicio.
No es posible avanzar si no lo hacemos todos. Ahí el elemento conservador tiene su función. Pero no es posible incorporar a quienes traen su nuevo espacio si no progresamos en las ideas.
Reñir envejece y destruye.
Encontrar el equilibrio entre lo conservador y lo
progresista es procurar oxígeno a la sociedad. En esa noble discusión ganamos
todos.