jueves, 10 de enero de 2019

CONVERSACIONES CON NIEVE ANDREA





Cuando descubrí el autismo, me llamó la atención que quien lo era, parecía una persona “normal”. No había signos externos que advirtieran de esa diferencia como ocurre, por ejemplo, con en el síndrome de Down.

Esta reacción no deja de ser un prejuicio. Uno de tantos con los que intentamos protegernos (de nuestra ignorancia).

Autismo, Down  o cualquier otra diferencia, son “estados” a los que deberíamos intentar llegar rompiendo las fronteras del miedo. Descubrir lo que se oculta bajo ese disfraz nos completaría las claves necesarias para entrar en la conciencia colectiva.

Cada uno tiene un recorrido distinto porque está situado en las coordenadas requeridas para que todo esté en su sitio.

A una persona que le falten los brazos no le puedes exigir que “coja la taza de café con elegancia”, pero puede ser un elegante ser humano.

A quien no sabe leer estaría mal que le obligases a aceptar las condiciones escritas en un documento. Pero esa laguna en su desarrollo, no significa que no tenga claras las ideas.

Ser ciego no supone que no pueda leer. Perfectamente a través del tacto.

Ser mudo no impide transmitir emociones.

La falta de capacidad para ponernos en el lugar de los otros es también una incapacidad natural y mucho más peligrosa.

Cada uno llegamos a este mundo con lo que caracteriza nuestro personaje. El conflicto empieza cuando a la ignorancia la dispara el miedo. A partir de ahí la historia es demoledora. Pero volvamos al comienzo.

El autismo se debería contemplar desde dos polos opuestos.

Uno de ellos como lupa para entender (además del comportamiento personal de quien lo es), las reacciones socialmente aceptadas y que son similares a las que diagnosticamos como enfermedad.

El otro contemplando con el cristal de la inocencia el paisaje humano del autista que tenemos delante (o cualquiera que sea diferente y al que ocultan los prejuicios).

Por esa ceguera podemos perder unos valores que tardaremos mucho tiempo en recuperar.

Menos mal que Kronos tiene paciencia búdica.





domingo, 16 de diciembre de 2018

jueves, 13 de diciembre de 2018

lunes, 10 de diciembre de 2018

RECUERDOS TANGUEROS 2007






Domingo, 11 de noviembre de 2007







ADOR nos invitó a compartir el “Día del Socio” y agradecimos su hospitalidad bailando.

Empezamos el día con un desayuno en La Venta del Barro, lugar que para muchos de nosotros ya es familiar. El destino era Castellote, municipio del Maestrazgo por el que pasearon los dinosaurios.

Llegamos pronto y aunque no conocíamos a los organizadores nos identificaron enseguida. QUINCE tanguer@s admirando ese precioso pueblo no pasan desapercibidas y así, en plena calle, intercambiamos saludos y abrazos.

Repetición suena a ritmo y aunque ya habíamos saciado el apetito mañanero, nos tentaron los castellotanos con el ofrecimiento de probar sus productos típicos, cosa que aceptamos con moderación, no porque tuviésemos remilgos, sino para dejar espacio a la comida.

En Castellote existe un Torreón dedicado a mostrar una parte de la historia que en la Edad Media dejaron los Templarios y allí fuimos en bloque. Al salir nos separamos. Unos buscaban lo inmediato (un café) y lo encontraron. Otros quisimos ascender a las alturas sin avisar. Consecuencia de esta imprevisión encontramos las puertas del castillo cerradas y como somos personas con recursos nos apuntamos a la primera opción.

De nuevo todos juntos oímos la palabra “vermú” y la hicimos nuestra. Que pudiéramos disfrutarlo en terraza hay que agradecérselo a San Martín, a su veranillo. Allí entre risas (siempre respetuosas) por el nombre del bar que nos acogía (La Tía Pindorra) olvidamos el mal sabor que nos dejó (sobre todo al Presi) no haber podido visitar la subsede del parque temático Dinópolis y concretamente el “bosque pétreo”, debido a que quienes estaban encargados de mostrarlo estaban en comisión de servicio y no habíamos anunciado nuestra visita.

A las 14,30 en punto, la comida. Sentadas a la mesa estaban más de 80 personas (el 10% de sus habitantes) decididas a dar buena cuenta del exquisito menú que no repetiré para no dar envidia a quienes esto lean. El postre éramos nosotros.

Después del café tuvimos tiempo para vestirnos de fiesta en dos habitaciones (una rosa y otra azul) ofrecidas por la organización y puestas a nuestra disposición por el Hostal Castellote a quien agradecemos el detalle.

Finalmente bailamos. A partir de ahí, lo de siempre. Emoción y sorpresa por la emoción. Contagiamos y los espectadores dejaron de serlo para salir a la pista animados por un dicharachero Eugenio.

Nos despedimos con la promesa de volver y se quedó en el tintero una letra de tango escrita entre todos que sugeriremos pase a formar parte de esas cortinas en vivo que alguna vez nos hemos regalado. ....

QUINCE es un bonito número. El dieciséis es Marcial/Orlando.