Dice
John Wooden, entrenador de baloncesto estadounidense fallecido en el 2010: “El
éxito es el estado de paz y serenidad interior alcanzado como consecuencia de
la satisfacción de saber íntimamente que has hecho todo lo que estaba en tu
mano para lograr el máximo de lo que eres capaz”.
Dice
Pierre de Coubertin: “Lo esencial de la vida no es el éxito, sino esforzarse
por conseguirlo”.
Sería
magnífico vivir en una sociedad madura.
Hay
ciclos en los que vivimos como locos. Queremos ganar, ser ricos, guapos,
jóvenes, famosos… y en esa marabunta nos perdemos a nosotros mismos.
La
esencia del deporte es “que gane el mejor”. Cuando gana el que más cualidades
tiene, es decir, el mejor, nos representa a todos.
Todos
ganamos con él, porque hemos conseguido lo que pretendíamos, encontrar al mejor
para saber hasta donde puede llegar el ser humano sin perder su centro de
equilibrio. O, dicho de otra manera, hasta donde podemos llegar sin dejar de
ser humanos.
Esta
crisis que nos duele porque ha pellizcado en carne propia, no es más que el
contagio de la injusticia en la que están sumidos millones de seres humanos sin
voz para quejarse.
El
doping del dinero es un trampantojo con el que nos dejamos engañar por no tener
la madurez suficiente con la que valorar nuestros actos.
En el 2009 participé en una
manifestación por la paz. ¡Cuánto cuesta encontrarle todo el sentido a esa
hermosa palabra! Los que allí estábamos no queríamos que siguieran matando
inocentes. ¿Pero quién lo quiere?
Como estábamos enfadados le
dijimos al embajador de turno que se fuera. Solo quedó añadir: “por las buenas
o por las malas”
Como por las buenas no quisieron
hacer lo que el país representado por el embajador “non grato” ordenaba,
eligieron las “malas” y mataron al invasor para dejar que los buenos
gobernasen.
En todos los países, en algún
momento, las fuerzas supuestamente del orden, quitaron la voz “por las malas” a
quienes no pensaban como ellos. En esta guerra, un porcentaje eligió la palabra
para defender sus ideas. El resto no encontró esa salida y creyeron tener
derecho a responder igual, es decir, con la fuerza, haciendo exactamente lo
mismo que quienes les habían agredido.
Como la fuerza ejerce para no
quedarse sin significado, acabó por eliminar incluso a los compañeros con los
que juntos lucharon contra los que solo admitían el orden por ellos
establecido. Ahora lloran juntos víctimas y verdugos sin tener el consuelo de poder
enfadarse con un enemigo claro.
A la manifestación nos acompañó
Isabela, una pequeña de pocos años. Venía de jugar con otro niño que, según nos
contó, le había dejado su tractor por la hermosa razón de compartir.
Muy interesada me preguntaba qué
decían los que gritaban. ¿Por qué llevaban un bebé ensangrentado? ¿Por qué no
llevábamos una bandera como el niño del cochecito que teníamos delante?
Isabela hablaba con el corazón y
le dije: “Tienes que dibujar una bandera y regalármela”.
Contundentemente dijo: “No”. “La
dibujaré para las dos”.
Estoy sentada frente al embajador
expulsado, al que he pedido que me acompañe, para encontrar la manera de
reciclarnos en el corazón de Isabela.