Cuando descubrí el autismo, me llamó la atención que quien
lo era, parecía una persona “normal”. No había signos externos que advirtieran
de esa diferencia como ocurre, por ejemplo, con en el síndrome de Down.
Esta reacción no deja de ser un prejuicio. Uno de tantos con
los que intentamos protegernos (de nuestra ignorancia).
Autismo, Down o
cualquier otra diferencia, son “estados” a los que deberíamos intentar llegar
rompiendo las fronteras del miedo. Descubrir lo que se oculta bajo ese disfraz
nos completaría las claves necesarias para entrar en la conciencia colectiva.
Cada uno tiene un recorrido distinto porque está situado en
las coordenadas requeridas para que todo esté en su sitio.
A una persona que le falten los brazos no le puedes exigir
que “coja la taza de café con elegancia”, pero puede ser un elegante ser
humano.
A quien no sabe leer estaría mal que le obligases a aceptar
las condiciones escritas en un documento. Pero esa laguna en su desarrollo, no significa
que no tenga claras las ideas.
Ser ciego no supone que no pueda leer. Perfectamente a
través del tacto.
Ser mudo no impide transmitir emociones.
La falta de capacidad para ponernos en el lugar de los otros
es también una incapacidad natural y mucho más peligrosa.
Cada uno llegamos a este mundo con lo que caracteriza
nuestro personaje. El conflicto empieza cuando a la ignorancia la dispara el
miedo. A partir de ahí la historia es demoledora. Pero volvamos al comienzo.
El autismo se debería contemplar desde dos polos opuestos.
Uno de ellos como lupa para entender, además del
comportamiento personal de quien lo es, las reacciones socialmente aceptadas y
que son similares a las que diagnosticamos como enfermedad.
El otro contemplando con el cristal de la inocencia el
paisaje humano del autista que tenemos delante (o cualquiera que sea diferente y
al que ocultan los prejuicios).
Por esa ceguera podemos perder unos valores que tardaremos
mucho tiempo en recuperar.
Menos mal que Kronos tiene paciencia búdica.