miércoles, 12 de agosto de 2015

A JAVIER AGUIRRE, EX-ENTRENADOR DEL REAL ZARAGOZA





(Ordesa por Manuel Muñoz)



Dice Pierre de Coubertein: “Lo esencial de la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”.

Hay ciclos en los que vivimos como locos. Queremos ser ricos, guapos, jóvenes, famosos… y en esa marabunta nos perdemos a nosotros mismos.

El doping del dinero es un trampantojo con el que nos dejamos engañar por no tener la madurez suficiente con la que valorar nuestros actos.

Esta crisis que nos duele porque ha pellizcado en carne propia, no es más que el contagio de la injusticia en la que están sumidos millones de seres humanos sin voz para quejarse.

Sería magnífico vivir en una sociedad madura.

La esencia del deporte es “que gane el mejor”. Cuando gana el que más cualidades tiene nos representa a todos.

Con el Campeón todos ganamos, porque hemos conseguido lo que pretendíamos, encontrar al mejor para saber hasta donde puede llegar el ser humano sin perder su centro de equilibrio. O dicho de otra manera, hasta donde podemos llegar sin dejar de ser humanos.

En distintos momentos he escuchado lo que Javier Aguirre dice al final de los partidos:

“Los dos jugamos bien. Ganamos, pero el empate hubiera sido lo más justo”

…. los jugadores “están dentro de su realidad”.

"Ni los árbitros ni la suerte entrenan conmigo de lunes a sábado. Hemos merecido tener los puntos que tenemos".

Actitudes como la suya, sencillamente sanas, ofrecen un terreno de juego en el que la vida y el deporte se hermanan.

Yo quiero pertenecer a esa familia.





miércoles, 22 de julio de 2015

NO HAY QUE CALLAR



Tenemos que escuchar la segunda voz. El individuo a la sociedad, los partidos políticos a los ciudadanos.

No es la misma sociedad española aquella del tanto por ciento de analfabetos que la educada actual.

Tenemos que resistirnos al atraco.

Quien tiene la pistola del dinero sabe que si aprieta el gatillo mata a quien se lo procura y todos saltamos por los aires.

El auténtico valor es el trabajo de los asalariados y empresarios como actividad social.

Lo social lo es por ese tejido en el que todos intercambiamos lo que sabemos hacer.

Esto es sentido común. Sentir juntos en la misma dirección. Solidaridad, avance y apertura.

Seamos una familia universal. Aquellos que tienen más madurez expongan con autoridad la frontera entre el “mío” y el “tuyo”.

Los niños, hasta un determinado desarrollo, no son capaces de jugar con esas diferencias.

Un paraíso fiscal, es un niño malcriado.

jueves, 11 de junio de 2015

viernes, 22 de mayo de 2015

A MIGUEL ROPERO NUÑEZ











Si pudiéramos sentir que la vida es el ritmo de la conciencia,
contemplaríamos el “palo” de la nuestra con “alegría”.





miércoles, 8 de abril de 2015

ZAPATITO DE DAMA




Quien bien aprende, se enseña.













martes, 7 de abril de 2015

UN VIAJE A HUELVA en el 2003



CORRESPONSAL: Eugenio Climent





2. Los pueblos

Punta Umbría aún tiene un cierto aire de pueblo pesquero, visible en algunas casitas bajas próximas al puerto, pero difuminado casi por completo por el estandarizado paisaje del turismo de masas: hoteles, edificios de apartamentos, urbanizaciones de adosados o de chalets exentos. Lo mismo se aprecia en Mazagón o en Isla Cristina.

Moguer es otra cosa. Fuimos allí por ser el pueblo de Juan Ramón Jiménez y la verdad es que, aunque no lo hubiéramos sabido, nos habríamos enterado enseguida, porque sus habitantes lo han llenado de placas con sus versos, señalando al visitante los lugares que menciona en “Platero y yo”.
Entramos en Moguer desde la carretera de San Juan del Puerto y aparcamos cerca de una iglesia cuya torre me recordó a la Giralda. Unos días después me sorprendió leer lo que de ella escribió Juan Ramón: “La torre del pueblo, coronada de refulgentes azulejos, cobraba, en el levantamiento de la hora punta, un aspecto monumental. Parecía de cerca, como una Giralda vista de lejos” (Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, XXII). Cuando habla un poeta lo mejor que podemos hacer los demás es tomarle prestadas las palabras con todo nuestro agradecimiento.
Como cuando dice que “Moguer es igual que un pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y dorado en torno -¡oh sol moreno!- como la blanda corteza” (Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, XXXVIII). Un pueblo de calles estrechas y casas blancas (que obligan a llevar gafas de sol a quienes tienen los ojos demasiado sensibles a la luz) con puertas de madera, que les dan un aire elegante, casi señorial, se podría decir, si se comparan con la vulgar carpintería de aluminio generalizada por todas partes.
El poeta no elude hablar de los niños pobres que poblaban sus calles, de la ignorancia de la gente, de su crueldad con los animales o de las enfermedades debidas en parte a la pobreza y a la ignorancia. Sin duda se alegraría de ver lo que ha cambiado su pueblo en este aspecto.
Naturalmente fuimos a la casa donde nació y vivió sus primeros años, en la calle de la Ribera, convertida hoy en museo y centro de estudios dedicado al poeta. La visita me enseñó cosas que no sabía de él: su carácter depresivo, que le hizo pasar algunas temporadas en hospitales, el orden riguroso con que organizaba su trabajo (se conservan cajas numeradas y etiquetadas, donde guardaba sus manuscritos) y su afición a la pintura: me gustó mucho un cuadro suyo que allí conservan, en el que el verde de un ciprés, el blanco de una casa y el azul del cielo condensan maravillosamente el paisaje de Moguer.
Comimos en la taberna de los Raposo, un sitio barato y con personalidad. Unos días después la lectura me proporcionó otra sorpresa: ¿son estos Raposo de la taberna descendientes de aquel Raposo que ayudó a Juan Ramón a quitarle a Platero una sanguijuela de la boca? (Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, XXXV).
La visita a Moguer terminó en el cementerio: allí buscamos y encontramos la tumba de Juan Ramón Jiménez y su mujer, Zenobia Camprubí. La despedida fue un hasta siempre, porque he vuelto a leer “Platero y yo”, libro que formó parte de mis lecturas infantiles y que ha sido ahora un auténtico descubrimiento.

El Rocío es otro pueblo con personalidad. Al borde de las marismas del Coto de Doñana, entre arenales, parece un poblado del oeste (de los de la frontera con Méjico): casas blancas, de una planta, alineadas en calles anchas y polvorientas, sin asfaltar. Si no fuera por los coches aparcados, uno no se sorprendería de ver aparecer por allí a una banda de pistoleros con sombrero mejicano.
Allí está el santuario de la Virgen del Rocío, la Reina de las Marismas, la Blanca Paloma. Al verla no entendí por qué, cuando se celebra la romería, todo el mundo grita “guapa, guapa”; ¿será que la ven de lejos? El día que hicimos nuestra “peregrinación” no había apenas gente, pero parecía planteado todo como un negocio (“venta oficial de artículos rocieros”, casetas de la hermandad de tal y cual): incluso nos metieron un buen clavo al pagar la comida en un chiringuito.

De Huelva sólo tuvimos fugaces impresiones al circunvalarla varias veces durante nuestra estancia. Pero las periferias urbanas son todas iguales: las mismas rotondas, los mimos polígonos industriales, los mismos bloques de viviendas.
Una noche entramos en la ciudad para cenar y subimos al Conchero, desde donde tuvimos una espléndida visión de la ría del Odiel al atardecer. Después de cenar estuvimos en una plaza del centro, junto a la catedral, pero nada nos llamó la atención.
Eso sí, ¡vaya cena! Empezamos con unas gambas blancas de Huelva acompañadas con un vino blanco del Condado, bien fresquito; luego seguimos con unos entremeses de cerdo ibérico y una pimentá, y terminamos con un suculento plato de carne pata negra (esta vez el vino fue tinto y de la Ribera del Duero; es una pena que los andaluces no hagan buenos vinos para acompañar esas espléndidas carnes). El sitio no podía tener un nombre más adecuado: “Mar y Sierra”. La próxima vez que vaya a Huelva haré lo posible por visitar la sierra.


Por decir que estuvimos en Portugal cruzamos el puente internacional de Ayamonte y nos acercamos al primer pueblo portugués, que se llama Castro Marim. En la parte más alta tiene un castillo (seguramente para vigilar los movimientos del otro lado de la frontera, de donde en otros tiempos podía venir el peligro), que estaban cerrando cuando llegamos nosotros, así que no pudimos verlo. No nos entretuvimos mucho, lo suficiente para comprobar que las casas se diferencian de las del lado español en que a la cal blanca le superponen franjas de pintura de colores, lo que les da un aire más colorista (y quizá más cursi).

lunes, 6 de abril de 2015

UN VIAJE A HUELVA en el 2003



CORRESPONSAL: Eugenio Climent





1. El paisaje

Después de varios cientos de kilómetros de autovía, recta y monótona, la entrada a Andalucía es un auténtico tobogán: en el desfiladero de Despeñaperros, de impresionantes paredes, se suceden las curvas pronunciadas y las pendientes fuertes. Una ruptura tan marcada, que coge de sorpresa, sólo puede servir para alertar al viajero de que entra en otro territorio.
Terminada la bajada se extiende, hasta donde la vista alcanza, un paisaje de colinas llenas de olivos geométricamente alineados. La Depresión del Guadalquivir no es una llanura tabular, con niveles y escalones bien marcados, como la Meseta, sino una llanura ondulada que se va alisando paulatinamente de este a oeste hasta convertirse, más allá de Sevilla, en un plano horizontal.

La costa de Huelva es distinta a todas las que conocía: en primera línea, batida por las olas y sometida a mareas pronunciadas, está la playa, una única playa larga, sólo interrumpida por las desembocaduras de los ríos. La arena está salpicada de conchas que las mareas empujan a tierra, escudos ya inservibles de moluscos, que el mar debe criar en cantidades inmensas, a juzgar por la enorme cantidad de restos que hieren los pies de quienes se atreven a andar descalzos por la arena. Cuando al atardecer los bañistas se retiran de las playas las gaviotas ensayan la pesca lanzándose desde varios metros de altura en picado al mar, de donde salen en vuelo rasante con su captura en el pico (cuando hay suerte).

Detrás de la playa hay un cordón de dunas, parcialmente colonizadas por la vegetación: cardos, retamas, enebros, jaras y otros arbustos, coronados por pinos piñoneros, de tronco alto y copa redonda, como una sombrilla. Hay una lucha evidente: las plantas, adaptadas a vivir con la estrechez de recursos que ofrecen las arenas, intentan inmovilizar las dunas con sus raíces, que funcionan como redes que sujetan el terreno, pero el viento del mar empuja la arena hacia el interior persistentemente; en algunos lugares se ven pinos semienterrados, atestiguando la dureza de esta lucha, su larga duración y su incierto resultado.
Las carreteras están trazadas, por lo general, detrás del cordón de dunas, lejos de esta pugna, de manera que, a diferencia de otras zonas de España, quien viaja por la costa rara vez ve el mar, aunque se encuentra a pocos metros de él (como ocurre, por ejemplo, entre Isla Cristina y La Antilla o entre Mazagón y Matalascañas). Cuando los ingenieros torpes, quizá impulsados por los políticos listos, han construido la carretera por delante de las dunas (como ocurre entre las playas de la Bota y el Portil, en Punta Umbría), los coches son avisados de peligro de deslizamiento, pero no por el hielo, sino por la arena que invade la carretera.
La invisibilidad del mar, no obstante, queda compensada por el conjunto que ofrecen el azul del cielo, el verde de los pinos y el blanco ceniciento de la arena.

Por detrás del cordón de dunas se extiende la marisma: un terreno liso en el que el agua y la tierra están completamente imbricados: los ríos y arroyos aportan agua dulce y lodos que se van acumulando en las desembocaduras, ganándole terreno al mar, que contraataca cuando sube la marea aportando agua salada. Esta otra lucha la gana la tierra: la ley de la gravedad juega a su favor. Hay pruebas sobradas del retroceso del mar:
-         Las marismas del Guadalquivir, donde se ubica el Parque Nacional del Coto de Doñana, eran en época romana un lago o albufera.
-         Colón inició el viaje del descubrimiento de América en el puerto de Palos de la Frontera, que hoy se encuentra muy lejos del río Tinto (aguas arriba del cual, por cierto, está San Juan del Puerto: ¿Acaso el nombre indica la existencia en otros tiempos de un puerto practicable?).
-         Isla Cristina en el siglo XVIII respondía a lo que su nombre indica. Ya no es una isla, pero se nota que lo fue: nada más atravesar Pozo del Camino la carretera parece un pasillo flotante tendido en la marisma.
La marisma es una zona donde la vida bulle: sol y calor la mayor parte del año, agua siempre, dulce y salada, y un aporte continuo de lodos constituyen condiciones excepcionales para las plantas y los animales. Hay zonas en que la vegetación se limita a una pradera de hierbas altas adaptadas a vivir dentro de la franja de mareas, pero en las zonas más elevadas, permanentemente secas, se desarrollan el matorral y el bosque.
Las praderas no forman extensiones continuas, sino que aparecen interrumpidas a cada paso por charcos o lagunas, donde viven colonias de aves. La que pudimos ver con más atención (las otras sólo de paso) es la que se extiende frente al paseo-mirador del Rocío, donde había una nutrida colonia de flamencos y otras aves que a su lado parecían enanas y que identificamos con el nombre genérico y cómico de “somormujos”.
Junto al palacio del Acebrón, en el pre-parque de Doñana, recorrimos una hermosa muestra de bosque. Primero un bosque-galería, en torno al arroyo de la Rocina: una auténtica maraña de troncos y ramas, una sombra fresca y algo sobrecogedora. En los momentos en que nos parábamos se oían ruidos que venían de lo alto del ramaje, del suelo y del agua: pájaros, reptiles, peces … por todas partes el sonido de la vida.
Después, más lejos de las orillas del arroyo, el bosque estaba formado por pinos y, sobre todo, alcornoques, algunos de ellos gigantes, de troncos gruesos y retorcidos, con su corteza de corcho. Bajo los alcornoques se extendía un denso y alto sotobosque en el que destacaban los helechos. Complejidad de la naturaleza: un árbol adaptado a los calores y sequedades del verano mediterráneo crea una sombra tan densa que, con ayuda del arroyo próximo, en ella crece una planta típica de climas frescos y húmedos. Pero lo más curioso es que en el sotobosque también había palmitos, característicos de la franja costera mediterránea peninsular, cuya presencia avisa de la proximidad de los desiertos del norte de África. En un punto del recorrido un helecho y un palmito aparecían abrazados (¿otra lucha? Las dos especies parecen tan bien adaptadas que resulta difícil predecir el resultado de ésta).
Los ríos son muy anchos en su desembocadura. No sólo interrumpen la línea de playa, sino que constituyen serios obstáculos para el transporte, de manera que o se construyen puentes gigantescos (como el de Huelva a La Rábida, sobre el río Tinto; o el de Huelva a Punta Umbría, sobre el Odiel; o el internacional sobre el Guadiana, para pasar a Portugal) o hay que dar grandes rodeos por carretera (para pasar de El Rompido a La Antilla hay que subir tierra adentro hasta Cartaya y Lepe, porque no hay puente sobre el río Piedras). Claro que hay otra alternativa, que los pueblos costeros han utilizado desde siempre: el trasbordador; aún funcionan entre Huelva y Punta Umbría y entre Ayamonte y Vila Real de Santo Antonio, que era hasta hace poco la única manera de pasar a Portugal.



martes, 24 de marzo de 2015

UN ABRAZO A JESÚS MOSTERINI







Una cita con la Parca
El País - martes 24 marzo 2015








miércoles, 25 de febrero de 2015

MI MANO


A Eugenio



MI MANO

Miro de reojo mi mano.
Algo hizo que llamó tu atención.
Dejaste de mirarme a mi para mirarla a ella
y, además, darle un beso.

Interrumpí el discurso,
no porque no pudiera seguir sin el apoyo que los gestos suponen.
Callé por no encontrar tus ojos.

La miro preguntando qué hizo,
de qué elegancia hablaba capaz de interesarte tanto
y no sabe expresarlo.

La entiendo.
Le pasa lo que a mí si falta tu mirada.




***

lunes, 23 de febrero de 2015

lunes, 12 de enero de 2015

domingo, 4 de enero de 2015

Carta abierta a PP y PSOE (y otros partidos que gobiernan)




Carta abierta a PP y PSOE (y otros partidos que gobiernan)

Ángel Andrés Jiménez Bonillo. 29 de diciembre de 2014. jimenezbonillo@gmail.com    bonilloangel@gmail.com     


PD: Si usted, apreciado lector, está de acuerdo con el contenido de este escrito, divúlguelo. A ver si conseguimos que nos respondan (con hechos, no con palabras).


Los ejemplos (que son la mejor manera de hablar) que nos ofrecen muchos de nuestros dirigentes, esos a quienes hemos confiado el rumbo de España, son inaceptables, y las sanciones que reciben (amparadas en las leyes que ellos mismos aprueban) son ridículas, al contrario de lo que le pasaría a un ciudadano medio. Pero no vemos en los partidos acostumbrados a repartirse el pastel claras intenciones de regeneración.
Por favor, señores de los partidos instaurados en el poder, escuchen y luego respondan:
1. Permitan que únicamente ocupen cargos públicos personas realmente honorables (y que sean debidamente condenadas cuando pierdan la honorabilidad).
2. Legislen para amparar al necesitado, no al poderoso y/o al corrupto.
3. No se dediquen a desprestigiar a sus adversarios de siempre (que no sé si, en el fondo, son tan rivales) o a unirse para infamar a los que irrumpen en el juego (como si fueran una amenaza); más bien, traten de elevarse ustedes a una altura moral insuperable. Al final, se trata de servir al país lo mejor posible, no de intentar conseguir votos de cualquier manera.
4. Cuando finalicen su servicio público, vuelvan a sus puestos de trabajo de antes (si los tenían) o búsquense la vida como todo el mundo. No es de recibo que anden recolocándose siempre como si fueran funcionarios de la política o que les queden pensiones insultantes.
5. Reduzcan el número de servidores políticos, de cargos de confianza, de empresas públicas, etc. al mínimo posible y con sueldos razonables.

6. Piensen que ustedes tienen que encabezar el cambio que haga de España un referente moral. Si ven que no pueden, váyanse, por favor. Y, si ven que los que deben irse no lo hacen, échenlos. Servir a la comunidad es un gran honor que jamás debe ser mancillado.
El pueblo ha tomado conciencia del poder que realmente tiene, y les demanda, con toda razón, que actúen como se les supone y se les exige.