jueves, 27 de agosto de 2020

7-LA MEMORIA




La Memoria

Allí estaba, sentado en dirección a la puerta. Por eso pude verlo bien cuando subí al autobús.
Al otro lado, en dirección contraria, ocupe un asiento y seguí con detalle todos sus movimientos. Iba hablando solo, con aquella forma peculiar de ensimismamiento que usan los que no tienen interlocutor.
De repente, cambió el tono monocorde por un recuerdo, al parecer, doloroso: “Te escribí varias cartas”… (se decía). “…siempre me las devolviste”… (se apenaba), y tras esa lucidez volvía al estado anterior, como si esta secuencia (repetida varias veces) fuera la partitura de su vida.
El vehículo paró y subieron varias personas. En la rapidez que requieren estas maniobras una chica tropezó con el pie de nuestro juglar. Ella le pidió inmediatamente perdón, pero aquel hombre no aceptó sus excusas. “Hay que mirar bien donde se pisa” dijo en tono quejumbroso, “no basta con pedir perdón…” La causante de este “atropello” quería hacerle entender que el pisotón no había sido intencionado, pero todas las explicaciones fueron inútiles. Su recriminación consiguió angustiar a la mujer y le hice un gesto para rebajar su sentimiento de culpa: “no se lo tenga en cuenta, no está bien”. Ella asintió y él siguió empeñado en su queja.
Durante todo el día me acompañó esa escena. ¿Qué dirían aquellas cartas? ¿A quién iban dirigidas? ¿Acaso imploraban un perdón? No tenía datos y eso impedía construir cualquier guión, pero era una buena excusa para recordar que solo puede perdonar quien lo ha hecho consigo mismo.

Recordé a mi padre. El destino, sin sentido aparente, le rompió la memoria y la información quedó tan huérfana como aquel ser humano solo en el autobús o mi madre durante tantos años.

Solo se me ocurrió decir, “tranquilos, yo me acuerdo por los tres”.

***
(Traducción María Rubio)

miércoles, 29 de julio de 2020

DEPENDENCIA

Zaragoza

¡Ah!




¡Querías de mí,  no a mí!



sábado, 25 de julio de 2020

PISTAS PARA CUANDO ESTOY DESPISTADA



Quien se sabe ilumina, no proyecta.


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miércoles, 22 de julio de 2020

PISTAS


Enero 2003



¿Por qué nos enfadamos?
Enfadarse es infantil

Portándonos como críos perdemos de vista (aunque solo sea por un momento) a ese "niño" que llevamos dentro.

No ver es estar ciego.

Ciegos nos "vemos" desvalidos y protestamos por ese abandono

Pedimos una luz y mil caras responden con gesto de sorpresa: ¿A quién te diriges?
Nos vemos sorprendidos, porque si lo supiéramos ya seríamos lúcidos. Ordenaríamos el mosaico de espacios que es la vida y tendríamos respuestas en lugar de este jeroglífico.
Desenfadémonos.
A primera vista es simple y como para el esfuerzo de mirar dos veces no estamos preparados, se nos complica todo.
No importaEl tiempo es generoso.
Solo reconociendo que "el otro" está sujeto a lo inevitable, tendremos el valor de mirarnos nosotros. Nos veremos "derechos" porque aquellos "renglones torcidos" estaban esperando nuestro impulso.
Esa caricia de la conciencia levantará la mano del destino.

Al dueño de ese dedo habrá que darle un beso por jugar con nosotros a ser de nuevo niños.

¡Qué sencillo!

*