A veces llamamos a los hechos con nombre de laboratorio y lo importante es el genérico.
No basta con querer hacer el bien. Hay que ser justo.
En alguna ocasión me dijeron que practicaba el “buenismo” y me molestó.
Reflexionando un poco descubro que tenían razón y de ahí mi enojo.
Yo no decido sobre el bienestar social. Es la sociedad quien me dice a qué estoy obligada para que el reparto de lo que hay sea justo.
No es lo mismo dar una limosna (caridad) que pagar impuestos (redistribución social). La cantidad puede ser la misma, pero la intención conduce a objetivos distintos.
Soy absolutamente responsable, como individuo, de que mis actos estén a la altura de mis ideas. Si me lo exijo, ya no perderé el tiempo diciéndole al otro cómo tiene que comportarse.
Es complejo encontrar ese punto de equilibrio.