Sentado, junto a una mesa en la que reposan algunos objetos personales, un soldado vestido de uniforme y cobijado bajo una tienda de campaña, me mira. Su mirada espera encontrarse con la mía.
Me despierto llena de confianza, de paz.
El sueño parecería decir que hay muchas posibilidades de salir victoriosa de esta guerra anímica.
*
Durante todo el día me acompañó esa imagen. Descubrí algo que ya sabía, pero que se me hizo más evidente. El mayor enemigo que tenemos somos nosotros mismos.
Podría relatarse la batalla de esta manera:
Luchamos por no perder territorio y nos atrincheramos para impedir que pase el enemigo. Como llamamos enemigo a lo desconocido y lo que conocemos inicialmente tuvo ese apellido, solo habrá una manera de ganar la paz:
No haciendo la guerra.
Este armisticio permitirá que la vida entre plena en nosotros.
Pero quitar fronteras supone ampliar el espacio y lo ya conocido quiere quedarse en propiedad. La pasión llegará como un notario ordenando al dragón que desaloje. Hay sitio para todos (dirá ese elegante caballero) y ofrecerá una percha al monstruo donde colgar su fiereza y un asiento en su mesa para que nunca más se vea desplazado. Después de la comida, (¿el postre?) se nos dará una pista. Oiremos una voz que nos pide: ¡Cuéntamelo otra vez!

