Desde la distancia que permite no estar
directamente implicado en los asuntos juzgados, se percibe la aplicación de la
pena de muerte como un error, puesto que no se soluciona el problema en su
origen.
Al no solucionarlo, se aumenta el desastre
que las acciones criminales ya han provocado en sus víctimas. Pasamos a ser
verdugos todos los ciudadanos indistintamente si estamos a favor o en contra de
la pena de muerte, pues ésta se aplica en nombre del estado.
Tapándonos los ojos no desaparece el
paisaje. La agresividad es una reacción ante un problema para el que no tenemos
respuesta y con esa violencia pretendemos borrarlo.
La solución viene por otros caminos.
Quienes tienen la suerte de haber
alcanzado la madurez en los aspectos individual y social tienen la obligación
de entender a quien no la tiene.
Los antecedentes de un delincuente tienen
que servir para responsabilizarle de sus actos y al mismo tiempo a la sociedad
que no le procuró las mismas oportunidades que a los demás o a la naturaleza
que le concibió distinto en origen.
Si tuviésemos la madurez suficiente para
asumir el miedo que sentimos ante situaciones que escapan a nuestra
comprensión, descubriríamos una puerta que al abrirse nos devuelve la calma.
Esa serenidad es la que nos permite juzgar
al reo sin prejuicios, entendiendo que nadie se equivoca queriendo y también exigiendo
a cada uno que asuma lo que le corresponde.
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