martes, 30 de diciembre de 2025

REFLEXIONANDO SOBRE LA PAZ


 




    Dice John Wooden, entrenador de baloncesto estadounidense fallecido en el 2010: “El éxito es el estado de paz y serenidad interior alcanzado como consecuencia de la satisfacción de saber íntimamente que has hecho todo lo que estaba en tu mano para lograr el máximo de lo que eres capaz”.

     Dice Pierre de Coubertin: “Lo esencial de la vida no es el éxito, sino esforzarse por conseguirlo”.

                Sería magnífico vivir en una sociedad madura.

    Hay ciclos en los que vivimos como locos. Queremos ganar, ser ricos, guapos, jóvenes, famosos… y en esa marabunta nos perdemos a nosotros mismos.

    La esencia del deporte es “que gane el mejor”. Cuando gana el que más cualidades tiene, es decir, el mejor, nos representa a todos.

    Todos ganamos con él, porque hemos conseguido lo que pretendíamos, encontrar al mejor para saber hasta donde puede llegar el ser humano sin perder su centro de equilibrio. O, dicho de otra manera, hasta donde podemos llegar sin dejar de ser humanos.

        Esta crisis que nos duele porque ha pellizcado en carne propia, no es más que el contagio de la injusticia en la que están sumidos millones de seres humanos sin voz para quejarse.

        El doping del dinero es un trampantojo con el que nos dejamos engañar por no tener la madurez suficiente con la que valorar nuestros actos.

     En el 2009 participé en una manifestación por la paz. ¡Cuánto cuesta encontrarle todo el sentido a esa hermosa palabra! Los que allí estábamos no queríamos que siguieran matando inocentes. ¿Pero quién lo quiere?

    Como estábamos enfadados le dijimos al embajador de turno que se fuera. Solo quedó añadir: “por las buenas o por las malas”

       Como por las buenas no quisieron hacer lo que el país representado por el embajador “non grato” ordenaba, eligieron las “malas” y mataron al invasor para dejar que los buenos gobernasen.

     En todos los países, en algún momento, las fuerzas supuestamente del orden, quitaron la voz “por las malas” a quienes no pensaban como ellos. En esta guerra, un porcentaje eligió la palabra para defender sus ideas. El resto no encontró esa salida y creyeron tener derecho a responder igual, es decir, con la fuerza, haciendo exactamente lo mismo que quienes les habían agredido.

    Como la fuerza ejerce para no quedarse sin significado, acabó por eliminar incluso a los compañeros con los que juntos lucharon contra los que solo admitían el orden por ellos establecido. Ahora lloran juntos víctimas y verdugos sin tener el consuelo de poder enfadarse con un enemigo claro.

    A la manifestación nos acompañó Isabela, una pequeña de pocos años. Venía de jugar con otro niño que, según nos contó, le había dejado su tractor por la hermosa razón de compartir.

    Muy interesada me preguntaba qué decían los que gritaban. ¿Por qué llevaban un bebé ensangrentado? ¿Por qué no llevábamos una bandera como el niño del cochecito que teníamos delante?

    Isabela hablaba con el corazón y le dije: “Tienes que dibujar una bandera y regalármela”. Contundentemente dijo: “No”. “La dibujaré para las dos”.

        Estoy sentada frente al embajador expulsado, al que he pedido que me acompañe, para encontrar la manera de reciclarnos en el corazón de Isabela.

 

 

                                               

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